Intentaba echarla, expulsarla de aquella estancia y de su vida.
Hacía aspavientos con los brazos y pataleaba con fuerza.
Cogió una manta que agitaba peligrosamente desplazando el aire.
Soplaba y gritaba.
Daba manotazos sin ton ni son pero ella seguía allí.
Desesperado abandonó la lucha y se sentó en el suelo.
De pronto se le ocurrió algo.
Abrió las persianas y se dió cuenta de que ella, la oscuridad, realmente nunca había existido.
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