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La ira como aliada

Perder el control cuando experimentamos emociones poderosas, como cuando nos enfadamos por algo o no vemos cumplidos nuestros deseos o expectativas, es algo muy común y relativamente habitual. A menudo nos enfurecemos en una explosión emocional y lo pagamos con quién menos se lo merece o incluso con nosotros mismos, recriminándonos o echando la culpa a otros o a las circunstancias.

En realidad somos nosotros mismos los que a partir de una chispa creamos nuestro propio infierno interno. Pero hay algo aún peor que perder el control, se trata de no darse cuenta de que hemos el control.

De nuevo la conciencia juega un papel fundamental, actuando como puente entre el estímulo (aquello que nos enfurece) y nuestra reacción a el (pagar nuestra frustración con lo que o quien tengamos más a mano).




Con un poco de práctica y el mero hecho de proponérnoslo, podemos aprender a hacerlo. Podemos enfadarnos y saber que estamos enfadados, experimentar todo lo que eso conlleva de manera consciente, sin entrar a juzgar (o juzgarnos) sobre la conveniencia del enfado.

Al añadir este pequeño componente cualitativo a nuestra manera de percibir el enfado lo que realmente hacemos es desvincularnos de el. De ese modo nuestro enfado ya no es un enfado ciego e indiscriminado sino que se transforma en un malestar temporal sumergido en  una variopinta madeja de conclusiones y mensajes. Una vez que somos capaces de enfadarnos percibiendo ese enfado, sabiendo que estamos enfadados, entonces se produce la magia de la transmutación. Esto significa que, a pesar del malestar, somos capaces de percibir con claridad nuestra tendencia a huir de ese malestar, nuestro rechazo absoluto. Al mismo tiempo vemos claramente como ese malestar  nos incita a actuar con premura dictándonos toda una serie de órdenes e inverosímiles consejos. La clave reside pues en ser capaces de observar ese flujo de incitaciones a la acción como meras propuestas de nuestra mente y no como órdenes o preceptos irrefutables, totalmente veraces y acertados.

Asistir en lugar de insistir, percibir en lugar de reaccionar, acoger en lugar de agarrar, dejar ir en lugar de intentar echar a patadas a ese amigo inesperado que es el enfado y que, muchas veces, su única razón de ser es advertirnos de que las cosas que nos ocurren entran en conflicto con nuestros propios miedos y con nuestra tendencia natural a construir barreras y acotar 'nuestra' realidad, considerando ciertos preceptos comos como aceptables y otras propuestas como totalmente inapropiadas o inadmisibles.

A pesar de todo ello la realidad siempre se impone con su aplastante complejidad y rotunda diversidad, pareciendo no tener en cuenta lo que pensemos o lo que hayamos planeado. Porque la vida simplemente ocurre y discurre y por mucho que queramos acotar y construir barreras nunca podremos abarcar con nuestros ojos mas allá de la distancia que nos separa del horizonte. Pasada esa línea entramos en el terreno de la incertidumbre, de lo inesperado, lo desconocido, eso que a veces tanto tememos pero que en realidad no es más que la chispa de la vida, el motivo último, el gran reto, un enorme interrogante. La gran paradoja de nuestras vidas es estar vivos y ser al mismo tiempo capaces de renunciar a una de las maravillas que hacen precisamente que valga la pena estarlo.

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