mindfulness
Monjes tibetanos emiten calor donde otros podrían morir de frío
Los Monjes entraron en un estado de meditación profunda. Hojas mojadas en agua fría fueron colocadas por encima de sus hombros. En estas condiciones, una persona común podría tiritar incontrolablemente y la bajada de la temperatura corporal incluso podría ocasionar la muerte, explica el artículo.
Los monjes, sin embargo, se mantuvieron cálidos y secaron las hojas con sus cuerpos. Una vez que se secaron las sábanas que cubrían sus cuerpos, más sábanas mojadas y frías volvieron a ponerlos. Cada monje secó tres hojas en el transcurso de varias horas.
Herbert Benson, que había estudiado la técnica de meditación desde hace 20 años, dijo al Gazette: “Los budistas sienten que la realidad en la que vivimos no es el final. Hay otra realidad que podemos aprovechar, y esa es afectada por nuestras emociones, por nuestro mundo cotidiano. Los budistas creen que este estado de ánimo se puede lograr haciendo el bien por los demás y por la meditación”.
Fuente: Universidad de Harvard
La metáfora del granjero y el asno
Había una vez un granjero que tenía un asno muy, muy viejo. Un día, mientras el asno estaba caminando por un prado, pisó sobre unas tablas que estaban en el suelo, se rompieron y el asno cayó al fondo de un pozo abandonado. Atrapado en el fondo del pozo el asno comenzó a rebuznar muy alto. Casualmente, el granjero oyó los rebuznos y se dirigió al prado para ver qué pasaba. Pensó mucho cuando encontró al asno allí abajo. El asno era excesivamente viejo y ya no podía realizar ningún trabajo en la granja. Por otro lado, el pozo se había secado hacía muchos años y, por tanto, tampoco tenía utilidad alguna. El granjero decidió que simplemente enterraría al viejo asno en el fondo del pozo. Una vez tomada esta decisión, se dirigió a sus vecinos para pedirles que vinieran al prado con sus palas. Cuando empezaron a palear tierra encima del asno, éste se puso aún más inquieto de lo que ya estaba. No sólo estaba atrapado, sino que, además, lo estaban enterrando en el mismo agujero que le había atrapado. Al estremecerse en llanto, se sacudió y la tierra cayó de su lomo de modo que empezó a cubrir sus patas. Entonces, el asno levantó sus cascos, los agitó, y cuando los volvió a poner sobre el suelo, estaban un poquito más altos de lo que habían estado momentos antes. Los vecinos echaron tierra, tierra y más tierra, y cada vez que una palada caía sobre los lomos del asno, éste se estremecía, sacudía y pisoteaba. Para sorpresa de todos, antes de que el día hubiese acabado, el asno apisonó la última palada de tierra y salió del agujero a disfrutar del último resplandor de sol.
Fuente: Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT): Un tratamiento conductual orientado a los valores (Kelly G. Wilson y M. Carmen Luciano Soriano
El gen amable
por Irene Orce
La amabilidad se encuentra en peligro de extinción. Y posiblemente nunca haya existido una decadencia más inmerecida. En nuestro afán por aprovechar el tiempo, lograr nuestros objetivos, cumplir con todo lo que se espera de nosotros y atender nuestras muchas obligaciones, dejamos a un lado todo lo que no consideramos ‘esencial’. Acortamos las cortesías y vamos directos al grano. A menudo nos encerramos tanto en nuestro mundo que no ‘vemos’ a las personas con las que nos cruzamos o con las que conversamos. Sólo somos capaces de ver lo que necesitamos de ellas. Y si no tienen algo que sea de nuestro interés, ni siquiera les dedicamos un segundo vistazo. En este escenario, no resulta extraño que, por lo general, la amabilidad haya caído en desuso.
No en vano, la amabilidad requiere tiempo y consume atención. La urgencia y el egocentrismo nos hacen priorizar otras cosas, que consideramos “más importantes”. Pero en el camino perdemos algo muy valioso, y mucho más trascendente: la auténtica conexión con otro ser humano. La amabilidad es el vehículo que lo hace posible. Tal vez sea un vehículo antiguo, pero no por ello deja de resultar útil. Y en la cultura de la inmediatez en la que vivimos, resulta más necesario que nunca. Eso sí, la auténtica amabilidad va más allá de la pose y el decoro, de la norma social y la educación convencional. No se trata de fórmulas de cortesía recitadas como una poesía, poniendo más énfasis en la forma que en el contenido. Eso forma parte de nuestro personaje social.
La amabilidad genuina nos recuerda la importancia de ir más allá de nosotros mismos, y nos enseña a mostrar interés real por otras personas. No se trata de un mero intercambio de información: las palabras amables están cuajadas de afecto. Son una muestra de aprecio, estima, simpatía y respeto. Una serie de cualidades que nunca sobra cultivar. Además, esta conjunción de empatía, comprensión y generosidad nos permite abrir tanto la mente como el corazón. Y nos brinda la oportunidad de hacer pequeños gestos que pueden marcar grandes diferencias. Tal vez sea el momento de verificar cuán amables nos mostramos en nuestro día a día.
Evolución en acción
Para algunos, ser amable a veces suele interpretarse como una transacción tediosa, un signo de sumisión o incluso de debilidad. Hay quienes lo consideran innecesario, y también quienes reducen la amabilidad a las interacciones con las personas que conocen poco, y la olvidan por completo cuando están con las personas de su círculo más cercano. Pero la realidad es que la amabilidad requiere de un profundo compromiso y comprensión de la naturaleza humana. La evidencia sostiene que se trata de un comportamiento adaptativo, que ha resultado fundamental para construir el mundo en el que vivimos hoy. Es una respuesta integrada en nuestro código genético como resultado del proceso evolutivo.
En una época en la que los recursos eran escasos y las condiciones de vida resultaban a menudo extremas, la mejor opción para ver un nuevo día era la cooperación con otros seres humanos. Lo cierto es que cuanto más poderosos eran los vínculos entre varias personas o grupos, mayores eran las posibilidades de asegurar su supervivencia. Mejoraba las oportunidades de cazar, de protegerse de los depredadores y de construir refugios. Y la empatía jugaba un papel protagonista en ese escenario, pues fomentaba y fortalecía esos vínculos. El pasar de los años refinó nuestra manera de interactuar y de exteriorizar nuestras emociones y pensamientos, y aprendimos a expresar esa empatía a través de la amabilidad. Es lo que explica por qué a día de hoy nuestro instinto nos lleva a saltar inmediatamente de nuestra silla para ayudar cuando alguien se cae al suelo o nos paramos a echar una mano cuando presenciamos un choque en la carretera. La evolución incluyó el ‘gen amable’ en nuestra especie hace miles de años. Somos seres sociales, y este instinto nos ayuda a desarrollar esa dimensión necesaria en nuestra vida. Nuestros ancestros aprendieron esa valiosa lección a conciencia, era una necesidad. Eso es algo que al parecer hemos olvidado… Pero nunca es tarde para recordar.
La amabilidad afecta a las relaciones del mismo modo que una dosis de suavizante en la colada. Hace las cosas fáciles, incluso las palabras fluyen con menos esfuerzo. Además, mejora el estado de ánimo de quien la ofrece y de quien la recibe. Es capaz de convertir un ambiente hostil en uno armonioso. Agrieta las corazas más impenetrables y aligera las situaciones más complicadas. Eso sucede porque reduce la distancia emocional entre dos personas y nos hace sentir más vinculados al otro. Cuando somos amables los unos con los otros sentimos una conexión que mejora y profundiza las relaciones nuevas y refuerza las que ya tenemos. Por si fuera poco, es una de las pocas cosas que podemos poner en práctica cada día sin tener que estar pendientes de posibles contraindicaciones ni efectos secundarios adversos. Nunca resta, sólo suma.
Sin embargo, a pesar de la multitud de beneficios que nos aporta, no siempre es fácil ser amables. No en vano, la amabilidad podría definirse como la capacidad de amar a los demás en todo momento y frente a cualquier situación, lo que supone grandes dosis de comprensión, consciencia y sabiduría. Posiblemente no seamos Ghandi, pero sí tenemos la capacidad de dejar de mirar hacia otro lado. Específicamente, a nuestra zona abdominal, y más concretamente, a nuestro ombligo. A menudo, tenemos nuestra atención tan centrada en nuestra propia vida que nos olvidamos de todo lo demás. La amabilidad nos brinda la oportunidad de ampliar nuestro marco de visión. Nos cruzamos con muchas personas cada día. El panadero, el camarero del bar donde siempre tomamos café, la dependienta de la carnicería, los vecinos de enfrente…Una simple sonrisa, una mirada directa, un por favor, un gracias, un ¿cómo va todo? Resulta suficiente para animar y conectar con la otra persona.
Eso sin olvidarnos de quienes están más cerca de nosotros. Lamentablemente, a veces la convivencia va en detrimento de nuestra amabilidad. Damos las cosas por sentadas, y no cuidamos las palabras ni la manera en la que pedimos las cosas. En muchas ocasiones, más bien exigimos. Pero esta actitud pocas veces nos acerca a los resultados que esperamos obtener. De ahí la importancia de recuperar una herramienta tan valiosa. Ponerla en práctica con nuestra pareja, nuestros padres y nuestros hijos contribuye a sanar las heridas emocionales y a construir –o reconstruir- una conexión profunda basada en el respeto, la atención plena y el auténtico interés y afecto por el otro.
Contagio inmediato
A menudo, miramos el mundo en el que vivimos, retratado con crudeza en cualquier periódico o telediario, y nos invade una profunda sensación de malestar e incomodidad. Crisis, conflicto, problemas de todo tamaño, forma y color…y aunque nuestro idealista interior nos dice que podemos hacer algo para cambiar el desarrollo de los acontecimientos, solemos acallarlo con el argumento de que ‘no está en nuestras manos’. Si bien es cierto que no tenemos una varita mágica con la que transformar la realidad de un día para otro, sí tenemos la capacidad de marcar pequeñas diferencias, especialmente en el plano emocional. Nuestra vida afecta directa e indirectamente la vida de quienes nos rodean, influyendo en ellos por medio de nuestras decisiones, conductas y actitudes. En última instancia depende de nosotros contribuir a construir un mundo más amable.
Con un par de pequeños gestos podemos cambiar el día a una persona. Incluso, sin saberlo, a más de una. No en vano, la amabilidad es contagiosa. Cuando somos amables inspiramos a otros a actuar del mismo modo. Al igual que lanzar una piedra a un estanque genera ondas por toda la superficie, la amabilidad provoca una reacción en cadena de la misma magnitud. Tan sólo tenemos que preguntarnos: ¿Cómo nos sentimos cuando alguien es amable con nosotros? Lo cierto es que esos pequeños gestos afectan positivamente a nuestro estado de ánimo, y nos impulsan a ‘devolver’ esa amabilidad con otras personas. Lo único que necesitamos para iniciar esta ‘revolución amable’ es dejar de ser meros espectadores de la película de nuestra vida y comenzar a actuar. ¿A qué estamos esperando para expandir la ‘epidemia de la amabilidad’?
En clave de coaching:
¿Qué actividades nos ayudan a cargarnos de energía en nuestro día a día?
¿De qué manera las podemos poner en práctica en forma de amabilidad?
¿Cómo afectaría a nuestras relaciones?
Libro recomendado:
‘El arte de vivir en el nuevo milenio’, del Dalai Lama (De Bolsillo)
Fuente: http://www.piensaesgratis.com/bloggers/el-gen-amable
"Hay tres cosas importantes en la vida: ser amable, ser amable y ser amable”
Henry James
La amabilidad se encuentra en peligro de extinción. Y posiblemente nunca haya existido una decadencia más inmerecida. En nuestro afán por aprovechar el tiempo, lograr nuestros objetivos, cumplir con todo lo que se espera de nosotros y atender nuestras muchas obligaciones, dejamos a un lado todo lo que no consideramos ‘esencial’. Acortamos las cortesías y vamos directos al grano. A menudo nos encerramos tanto en nuestro mundo que no ‘vemos’ a las personas con las que nos cruzamos o con las que conversamos. Sólo somos capaces de ver lo que necesitamos de ellas. Y si no tienen algo que sea de nuestro interés, ni siquiera les dedicamos un segundo vistazo. En este escenario, no resulta extraño que, por lo general, la amabilidad haya caído en desuso.
No en vano, la amabilidad requiere tiempo y consume atención. La urgencia y el egocentrismo nos hacen priorizar otras cosas, que consideramos “más importantes”. Pero en el camino perdemos algo muy valioso, y mucho más trascendente: la auténtica conexión con otro ser humano. La amabilidad es el vehículo que lo hace posible. Tal vez sea un vehículo antiguo, pero no por ello deja de resultar útil. Y en la cultura de la inmediatez en la que vivimos, resulta más necesario que nunca. Eso sí, la auténtica amabilidad va más allá de la pose y el decoro, de la norma social y la educación convencional. No se trata de fórmulas de cortesía recitadas como una poesía, poniendo más énfasis en la forma que en el contenido. Eso forma parte de nuestro personaje social.
La amabilidad genuina nos recuerda la importancia de ir más allá de nosotros mismos, y nos enseña a mostrar interés real por otras personas. No se trata de un mero intercambio de información: las palabras amables están cuajadas de afecto. Son una muestra de aprecio, estima, simpatía y respeto. Una serie de cualidades que nunca sobra cultivar. Además, esta conjunción de empatía, comprensión y generosidad nos permite abrir tanto la mente como el corazón. Y nos brinda la oportunidad de hacer pequeños gestos que pueden marcar grandes diferencias. Tal vez sea el momento de verificar cuán amables nos mostramos en nuestro día a día.
Evolución en acción
“La amabilidad es una almohadilla que amortigua los embates de la vida”
Arthur Schopenhauer
Para algunos, ser amable a veces suele interpretarse como una transacción tediosa, un signo de sumisión o incluso de debilidad. Hay quienes lo consideran innecesario, y también quienes reducen la amabilidad a las interacciones con las personas que conocen poco, y la olvidan por completo cuando están con las personas de su círculo más cercano. Pero la realidad es que la amabilidad requiere de un profundo compromiso y comprensión de la naturaleza humana. La evidencia sostiene que se trata de un comportamiento adaptativo, que ha resultado fundamental para construir el mundo en el que vivimos hoy. Es una respuesta integrada en nuestro código genético como resultado del proceso evolutivo.
En una época en la que los recursos eran escasos y las condiciones de vida resultaban a menudo extremas, la mejor opción para ver un nuevo día era la cooperación con otros seres humanos. Lo cierto es que cuanto más poderosos eran los vínculos entre varias personas o grupos, mayores eran las posibilidades de asegurar su supervivencia. Mejoraba las oportunidades de cazar, de protegerse de los depredadores y de construir refugios. Y la empatía jugaba un papel protagonista en ese escenario, pues fomentaba y fortalecía esos vínculos. El pasar de los años refinó nuestra manera de interactuar y de exteriorizar nuestras emociones y pensamientos, y aprendimos a expresar esa empatía a través de la amabilidad. Es lo que explica por qué a día de hoy nuestro instinto nos lleva a saltar inmediatamente de nuestra silla para ayudar cuando alguien se cae al suelo o nos paramos a echar una mano cuando presenciamos un choque en la carretera. La evolución incluyó el ‘gen amable’ en nuestra especie hace miles de años. Somos seres sociales, y este instinto nos ayuda a desarrollar esa dimensión necesaria en nuestra vida. Nuestros ancestros aprendieron esa valiosa lección a conciencia, era una necesidad. Eso es algo que al parecer hemos olvidado… Pero nunca es tarde para recordar.
La amabilidad afecta a las relaciones del mismo modo que una dosis de suavizante en la colada. Hace las cosas fáciles, incluso las palabras fluyen con menos esfuerzo. Además, mejora el estado de ánimo de quien la ofrece y de quien la recibe. Es capaz de convertir un ambiente hostil en uno armonioso. Agrieta las corazas más impenetrables y aligera las situaciones más complicadas. Eso sucede porque reduce la distancia emocional entre dos personas y nos hace sentir más vinculados al otro. Cuando somos amables los unos con los otros sentimos una conexión que mejora y profundiza las relaciones nuevas y refuerza las que ya tenemos. Por si fuera poco, es una de las pocas cosas que podemos poner en práctica cada día sin tener que estar pendientes de posibles contraindicaciones ni efectos secundarios adversos. Nunca resta, sólo suma.
Sin embargo, a pesar de la multitud de beneficios que nos aporta, no siempre es fácil ser amables. No en vano, la amabilidad podría definirse como la capacidad de amar a los demás en todo momento y frente a cualquier situación, lo que supone grandes dosis de comprensión, consciencia y sabiduría. Posiblemente no seamos Ghandi, pero sí tenemos la capacidad de dejar de mirar hacia otro lado. Específicamente, a nuestra zona abdominal, y más concretamente, a nuestro ombligo. A menudo, tenemos nuestra atención tan centrada en nuestra propia vida que nos olvidamos de todo lo demás. La amabilidad nos brinda la oportunidad de ampliar nuestro marco de visión. Nos cruzamos con muchas personas cada día. El panadero, el camarero del bar donde siempre tomamos café, la dependienta de la carnicería, los vecinos de enfrente…Una simple sonrisa, una mirada directa, un por favor, un gracias, un ¿cómo va todo? Resulta suficiente para animar y conectar con la otra persona.
Eso sin olvidarnos de quienes están más cerca de nosotros. Lamentablemente, a veces la convivencia va en detrimento de nuestra amabilidad. Damos las cosas por sentadas, y no cuidamos las palabras ni la manera en la que pedimos las cosas. En muchas ocasiones, más bien exigimos. Pero esta actitud pocas veces nos acerca a los resultados que esperamos obtener. De ahí la importancia de recuperar una herramienta tan valiosa. Ponerla en práctica con nuestra pareja, nuestros padres y nuestros hijos contribuye a sanar las heridas emocionales y a construir –o reconstruir- una conexión profunda basada en el respeto, la atención plena y el auténtico interés y afecto por el otro.
Contagio inmediato
“Con palabras agradables y un poco de amabilidad se puede arrastrar a un elefante de un cabello”
Proverbio Persa
Con un par de pequeños gestos podemos cambiar el día a una persona. Incluso, sin saberlo, a más de una. No en vano, la amabilidad es contagiosa. Cuando somos amables inspiramos a otros a actuar del mismo modo. Al igual que lanzar una piedra a un estanque genera ondas por toda la superficie, la amabilidad provoca una reacción en cadena de la misma magnitud. Tan sólo tenemos que preguntarnos: ¿Cómo nos sentimos cuando alguien es amable con nosotros? Lo cierto es que esos pequeños gestos afectan positivamente a nuestro estado de ánimo, y nos impulsan a ‘devolver’ esa amabilidad con otras personas. Lo único que necesitamos para iniciar esta ‘revolución amable’ es dejar de ser meros espectadores de la película de nuestra vida y comenzar a actuar. ¿A qué estamos esperando para expandir la ‘epidemia de la amabilidad’?
En clave de coaching:
¿Qué actividades nos ayudan a cargarnos de energía en nuestro día a día?
¿De qué manera las podemos poner en práctica en forma de amabilidad?
¿Cómo afectaría a nuestras relaciones?
Libro recomendado:
‘El arte de vivir en el nuevo milenio’, del Dalai Lama (De Bolsillo)
Fuente: http://www.piensaesgratis.com/bloggers/el-gen-amable
Expertos crean el primer mapa de las emociones en el cuerpo
Mente y cuerpo forman un todo indivisible, interconectado y
fuertemente vinculado.
Pero hasta ahora había pocos estudios que hubiesen indagado específicamente
en esta cuestión y finalmente ha llegado el momento de que esto cambie.
Esta es una de las ilustraciones de tomografía corporal que incluye el
artículo publicado en la prestigiosa revista PNAS:
Las zonas más calientes (amarillo y rojo) indican
mayor activación y las frías (azul y negro) una activación menor o prácticamente
inexistente.
El artículo original puede consultarse aquí
El artículo original puede consultarse aquí
Mindfulness y genética
Un reciente estudio acaba de demostrar la influencia de la práctica
de mindfulness (meditación) y la expresión génica.
Lo tenéis aquí .
Regalo de navidad
Mi regalo de navidades es esta meditación.
Espero que aporte paz a tu mente y que te anime a emprender aquellas cosas que para ti merecen la pena.
Aprender a emprender (por Belén Barreiro)
Hace unos días, se publicó el libro de Felipe
González, En busca de respuestas. El libro es recomendable, no
sólo por el análisis político que ofrece, sino sobre todo por sus
reflexiones a propósito de cómo, en el siglo XXI, debemos afrontar algunos
aspectos de nuestra vida y, en particular, el trabajo. Entre las
numerosas observaciones que contiene, hay dos que me han llamado poderosamente
la atención. Por un lado, la alusión a que en España es bastante más
fácil que un padre ayude a su hijo en la compra del piso a que le preste dinero
para un proyecto empresarial. De hecho, como señala González, cabe
imaginar que si un hijo le pide al padre ayuda para un negocio, la respuesta
sea: "Hijo, cómprate el pisito y búscate un trabajo estable antes de meterte en
líos". Por otro lado, resulta también sorprendente que las escuelas de negocio
en nuestro país, que están entre las mejores en los ranking mundiales,
produzcan muchos más ejecutivos, que encuentran trabajo en
cualquier de las grandes empresas, que emprendedores.
¿Qué ocurre en España? ¿A qué se debe esta alergia hacia el emprendimiento, que sólo la crisis está mitigando, más por obligación que por convicción? La respuesta de Felipe González es que aquí no hay cultura del riesgo, ni por parte del capital, ni del Estado, ni del individuo. Nadie quiere arriesgar. Esta es, sin duda, una de las respuestas a esta pregunta. También lo es el marco institucional en el que se emprende en España: ni la visita al notario para constituir la sociedad, ni los 3.000 euros que se debe depositar en el banco, ni el desfase entre los gastos presentes y los cobros (que son a 90 días), ni la cultura del enchufismo que hace casi imposible entrar en contacto con una empresa sin conocer a nadie que trabaje en ella, por solo citar algunos de los obstáculos con los que se encuentra el emprendedor, ayudan lo más mínimo. Sobrevivirán los que tengan más empeño, pero también, aunque nunca se diga, los que, por su origen social, estén en mejores condiciones para afrontar la aventura empresarial. La desigualdad de origen, por desgracia, también está presente entre los emprendedores (y de esto también debería hablar la socialdemocracia).
Además de la cultura del riesgo y del entorno institucional, hay un tercer factor que incide, creo yo, en la alergia que muchos tienen hacia el emprendimiento. En España, tendemos a no establecer vínculos nítidos entre las habilidades de cada uno y su proyecto laboral. Por lo general, ni se ayuda a los niños y jóvenes a descubrir sus talentos, que no siempre son obvios, ni se contribuye a potenciarlos, ni se transmite con claridad que de las habilidades personales se construyen profesiones: que cada uno de nosotros destaca en algo y de que lo que se trata es de entrenar ese talento hasta convertirlo en un modo de vida.
En España, el planteamiento tiende a ser el opuesto. En algún momento, al niño se le deja de preguntar qué quieres ser de mayor para plantearle qué quiere el mercado laboral que seas. Se tiende a educar a los jóvenes para que en el futuro encuentren un buen trabajo, orientándolos hacia carreras universitarias con salidas (que suelen ser economía o empresariales, derecho o ingeniería). En los colegios, se apuesta por el uso de las nuevas tecnologías, olvidando, además, que los niños de hoy en día son casi todos nativos digitales, que no necesitan más horas de ordenador, sino recuperar el lápiz, el papel y el olor de los libros. Se tiende cada vez más a minusvalorar las letras y las artes, salvo en lo que respecta a la necesidad de escribir sin faltas de ortografía, que todos consideramos básico, o tener un cierto barniz cultural. El estudio de la música, el teatro, la literatura, la poesía o la filosofía quedan relegadas a un segundo plano, considerándolas disciplinas propias de una educación antigua, que no 'sirven' para el mundo actual, en el que la formación debe centrarse sobre todo en hacernos competitivos.
En mi opinión, este enfoque tan extendido, según el cual debemos adaptar la formación de los niños y jóvenes al mercado laboral, cohibiendo el desarrollo de las habilidades de cada uno, es erróneo. Ante todo, porque que no tiene en cuenta las transformaciones que se producen a lo largo de los años en el mercado de trabajo. Por ejemplo, a nuestros padres les educaron en francés para un mundo en el que se iba a hablar sobre todo inglés; a mi generación nos educaron en inglés para un mundo en el que se destaca si se sabe chino; y algunos padres de hoy hacen estudiar chino a sus hijos cuando quizás lo que se necesite dentro de veinte años sea sobre todo saber árabe o, quien sabe, portugués. Obviamente, esto es una metáfora: los idiomas, cuantos más, mejor. Pero tiene poco sentido orientar a los jóvenes hacia una formación determinada en un mundo impredecible, en el que no se sabe bien si tal o cual carrera será o no la más demandada.
Por otro lado, creo que nadie debería renunciar a dedicar sus horas de trabajo, que es un tercio de nuestra vida, a una actividad que de verdad le apasione. Las pasiones se educan pero no se fuerzan: me cuesta trabajo creer que en España haya tantos jóvenes que se inclinen de forma natural por la economía, la ingeniería o el derecho. Sin duda los hay, y seguramente sean ellos los que desempeñen su trabajo con más entrega, pero otros estarán ejerciendo actividades con las que no se identifican, ni mínimamente.
¿Qué ocurre en España? ¿A qué se debe esta alergia hacia el emprendimiento, que sólo la crisis está mitigando, más por obligación que por convicción? La respuesta de Felipe González es que aquí no hay cultura del riesgo, ni por parte del capital, ni del Estado, ni del individuo. Nadie quiere arriesgar. Esta es, sin duda, una de las respuestas a esta pregunta. También lo es el marco institucional en el que se emprende en España: ni la visita al notario para constituir la sociedad, ni los 3.000 euros que se debe depositar en el banco, ni el desfase entre los gastos presentes y los cobros (que son a 90 días), ni la cultura del enchufismo que hace casi imposible entrar en contacto con una empresa sin conocer a nadie que trabaje en ella, por solo citar algunos de los obstáculos con los que se encuentra el emprendedor, ayudan lo más mínimo. Sobrevivirán los que tengan más empeño, pero también, aunque nunca se diga, los que, por su origen social, estén en mejores condiciones para afrontar la aventura empresarial. La desigualdad de origen, por desgracia, también está presente entre los emprendedores (y de esto también debería hablar la socialdemocracia).
Además de la cultura del riesgo y del entorno institucional, hay un tercer factor que incide, creo yo, en la alergia que muchos tienen hacia el emprendimiento. En España, tendemos a no establecer vínculos nítidos entre las habilidades de cada uno y su proyecto laboral. Por lo general, ni se ayuda a los niños y jóvenes a descubrir sus talentos, que no siempre son obvios, ni se contribuye a potenciarlos, ni se transmite con claridad que de las habilidades personales se construyen profesiones: que cada uno de nosotros destaca en algo y de que lo que se trata es de entrenar ese talento hasta convertirlo en un modo de vida.
En España, el planteamiento tiende a ser el opuesto. En algún momento, al niño se le deja de preguntar qué quieres ser de mayor para plantearle qué quiere el mercado laboral que seas. Se tiende a educar a los jóvenes para que en el futuro encuentren un buen trabajo, orientándolos hacia carreras universitarias con salidas (que suelen ser economía o empresariales, derecho o ingeniería). En los colegios, se apuesta por el uso de las nuevas tecnologías, olvidando, además, que los niños de hoy en día son casi todos nativos digitales, que no necesitan más horas de ordenador, sino recuperar el lápiz, el papel y el olor de los libros. Se tiende cada vez más a minusvalorar las letras y las artes, salvo en lo que respecta a la necesidad de escribir sin faltas de ortografía, que todos consideramos básico, o tener un cierto barniz cultural. El estudio de la música, el teatro, la literatura, la poesía o la filosofía quedan relegadas a un segundo plano, considerándolas disciplinas propias de una educación antigua, que no 'sirven' para el mundo actual, en el que la formación debe centrarse sobre todo en hacernos competitivos.
En mi opinión, este enfoque tan extendido, según el cual debemos adaptar la formación de los niños y jóvenes al mercado laboral, cohibiendo el desarrollo de las habilidades de cada uno, es erróneo. Ante todo, porque que no tiene en cuenta las transformaciones que se producen a lo largo de los años en el mercado de trabajo. Por ejemplo, a nuestros padres les educaron en francés para un mundo en el que se iba a hablar sobre todo inglés; a mi generación nos educaron en inglés para un mundo en el que se destaca si se sabe chino; y algunos padres de hoy hacen estudiar chino a sus hijos cuando quizás lo que se necesite dentro de veinte años sea sobre todo saber árabe o, quien sabe, portugués. Obviamente, esto es una metáfora: los idiomas, cuantos más, mejor. Pero tiene poco sentido orientar a los jóvenes hacia una formación determinada en un mundo impredecible, en el que no se sabe bien si tal o cual carrera será o no la más demandada.
Por otro lado, creo que nadie debería renunciar a dedicar sus horas de trabajo, que es un tercio de nuestra vida, a una actividad que de verdad le apasione. Las pasiones se educan pero no se fuerzan: me cuesta trabajo creer que en España haya tantos jóvenes que se inclinen de forma natural por la economía, la ingeniería o el derecho. Sin duda los hay, y seguramente sean ellos los que desempeñen su trabajo con más entrega, pero otros estarán ejerciendo actividades con las que no se identifican, ni mínimamente.
Además, en una sociedad competitiva, como la que aspiramos a ser, las letras y las artes, apasionantes en sí mismas, tienen, en realidad, el mejor de los encajes. Estas disciplinas desarrollan cualidades enormemente relevantes: el teatro ayuda a hablar en público sin pudor, a modular la voz y a controlar los movimientos de nuestro cuerpo; la literatura genera sobre todo empatía, capacidad para entender al otro, que como bien se destaca en el libro mencionado, es la condición imprescindible del liderazgo; y la música, además, de ser la única materia capaz de desarrollar algunas zonas del cerebro que muchos tenemos dormidas, entrena en disciplina. Por tanto, si de verdad queremos educar para competir, en el ámbito que sea, deberíamos plantearnos si no es mejor invertir más tiempo y esfuerzo en materias que incentiven el desarrollo de la empatía o la tenacidad que en el estudio de la economía o la tecnología.
En nuestro país, necesitamos sobre todo aprender a emprender. Emprender es, en gran medida, convertir las habilidades de cada uno en profesiones. Dejemos, primero, que esas habilidades florezcan en los niños, y ayudémosles, después, a entrenarlas y a que forjen cualidades personales imprescindibles en la actividad emprendedora. Estas cualidades no están en los libros de las carreras más demandadas. Están, en mucha mayor medida, en esas disciplinas tan antiguas que algunos dicen que ya no sirven para nada.
Nueve maneras científicamente probadas para dejar de preocuparse
1
En lugar
de preocuparte a cada momento indiscriminadamente, dedica un tiempo prefijado
de antemano a hacerlo, unos 30 minutos son suficientes. Sigue los siguientes
pasos: primero: identifica el objeto de tus preocupaciones, segundo: elige un
lugar y una hora determinada para realizar el ejercicio, tercero: si en
cualquier otro momento te descubres preoupaandote por el tema elegido entonces
elige pensar en algo diferente, cuarto: durante tu "tiempo para preocuparte"
intenta idear soluciones a esas preocupaciones.
2
Decide
abandonar Facebook, Internet o tu teléfono móvil durante un tiempo. Un reciente estudio indica
que mucha gente siente ansiedad al prescindir durante un tiempo de Facebook o
de su correo electrónico, lo que indica que quizás deban retomar el control sobre su uso de la
tecnología en lugar de ser dominados por ella.
3
La mejor
extrategia contra la preocupación y la rumiación es la práctica de mindfulness,
lo que implica adoptar una actitud de ser conscientes de nuestros pensamientos
y emocionescuando ocurren sin juzgarlos. Este hecho ha sido demostrado mientras se efectuaba una
revisión de 19 estudios científicos relacionados.
4
Debemos
evitar de preocuparnos por nuestras preocupaciones. En 2005 un estudio demostró
que intentar desembarazarse de los pensamientos que nos disgustan logra precisamente lo contrario, es decir que
esos pensamientos nos inquieten aún más, al contrario de quienes por
naturaleza se muestran más receptivos a esos pensamientos: demuestraron
ser menos obsesivos y con menor tendencia a la depresión.
5
Por
ejemplo, escribir nuestras preocupaciones antes de un examen ayuda a disminuir
nuestra ansiedad.
6
Realizar
actividades que mantengan nuestras manos ocupadas y nuestra mente concentrada ayuda a prevenir
malos recuerdos de experiencias pasadas.
7
La necesidad
de seguir determinadas reglas o patrones cotidianos es también una fuente de
preocupación.
8
Dedicar
un poco de tiempo a practicar la meditación disminuye la ansiedad.
9
Movernos nos hace más resistentes al estres. Cuando nos movemos nuestro
cuerpo aumenta la producción de serotonina (la hormona de la felicidad).
El coraje
El coraje radica en nuestra capacidad para tomar conciencia
de manera real y realista de lo que nos
ocurre y, a partir de ahí, motivarnos para acogerlo, lo que no es lo
mismo que resignarnos. Acoger implica hacer sitio, permitir que algo se
manifieste tal cual es, sin colorearlo, sin matizarlo, sin decoración ni
fanfarria. Esta acción de acoger es
amigable y hospitalaria, invitamos a lo que haya a que se despliegue en toda su
exuberancia, sin censura, sin juicios ni críticas. De esta manera la energía de
la realidad se funde con la nuestra propia modificándose ambas, dejamos de ser
yo y en gozo y ambos nos transformamos en gozo a secas, dejamos de ser yo y mi
tristeza para ser tristeza, dejamos de ser yo y mi amigo para convertirnos, al
menos durante un instante, en una sola entidad indivisible.
Por eso el coraje es al mismo tiempo rendición, porque
este radica en la comprensión de la
realidad sin tapujos. Sería como darle un beso a alguien, independientemente de
su edad, raza o aspecto. Pero no un beso mecánico y ruidoso sino un beso tierno
y sincero, en realidad importa más la actitud con la que lo hagamos que el beso
en si. De este modo podemos besar con la mirada, con una caricia o con un
gesto. Podemos besar el suelo con nuestros pies mientras caminamos y el mar con
nuestros brazos cuando nos sumergimos en el.
Las personas somos sumamente sensibles a este tipo de comunicación no
verbal, en seguida nos damos cuenta de
cuando se nos trata con ternura, cuando somos comprendidos, cuando el
otro nos abre las puertas de su corazón con toda confianza para que nos
acomodemos. El coraje no implica solamente atreverse a hacer algo sino más bien
atreverse a no hacer nada, permitir que nuestras experiencias se filtren por
todos y cada uno de nuestros poros y nos inunden, permitiendo que seamos
transformados y transformado al mismo tiempo aquello que nos inunda.
No existe trastorno de déficit de atención, solo niños aburridos
La autora de rEDUvolution (Paidós) afirma durante la entrevista que «no existe Trastorno de Déficit de Atención, solo niños aburridos en clase», a sabiendas de que ha entrado en terreno cuanto menos, espinoso. A la directora de la Escuela de Educación Disruptiva (EED) de la Fundación Telefónica no le importa la controversia que generará el titular, porque está absolutamente convencida de ello. A su juicio, «medicar con anfetaminas a niños de dos años para que se concentren es, sencillamente, una barbaridad». «¿No sería mejor pensar en cambiar la educación que reciben?», se pregunta en alto esta docente. «Resulta ya un lugar común hablar de la obsolescencia del sistema educativo actual y de la apremiante necesidad de realizar un cambio tanto de contenidos como de metodología, de romper el pasado pero... ¿cómo hacerlo?».
—En rEDUvolution, su último y provocador libro, propone realizar un cambio de paradigma. ¿Es que está mal?
—No es que esté mal, es que no sirve. Los niños van con sus Mp3, sus móviles 3G... y su flauta dulce. ¡Por favor! Ha cambiado todo, y sobre todo lo que tiene que ver con la gestión del conocimiento. Igual que un médico no puede operar sin anestesia, como en el siglo XIX, hoy no se puede aprender con una lección tradicional, donde lo único que se consigue es una educación bulímica, donde te atracas de información que vomitas el día del exámen y a los tres segundos cuando has salido por la puerta has olvidado todo. Ese es el paradigma al que te lleva una educación trandicional. Hay que ir hacia una educación experiencial, motivadora, activa... Mientras que en otras disciplinas está super aceptado que el inconsciente lo que hace es modificar todo el proceso de absorción de datos, en pedagogía no. A día de hoy parece que todos los alumnos tienen que entender la clase de la misma manera, coger los mismos apuntes y decirlo igual durante el examen. El primer paso para la rEDUvolution es admitir que esto no es así. Como profesores aceptaremos que nosotros enseñamos y que los alumnos aprenden otras cosas. Tu das una clase a veinte personas y cada uno va a elaborar según su propia biografía, su creatividad, sus conocimientos... un discurso diferente. Eso es el hecho educativo.
—¿Qué supone aceptar eso?
—Ya no tiene mucho sentido programar por objetivos, porque no se van a cumplir. Quizás sea mejor elaborar en lugar de pequeños objetivos grandes metas, abiertas y flexibles.
—Aceptar que se aprende más de lo no es explícito que de lo que es explícito. Lo explícito es lo que el profesor dice, el libro de texto, el power point... pero luego hay montones de cosas desde la iluminación de la clase, cómo va vestido el profesor, o cómo está organizado el aula que nos está dando mucha más información que lo que nos está diciendo este. Todo lo referente a las pedagogías invisibles se obvia en la pedagogía tradicional y hay que recuperarlo.
—¿Cuál debe ser el papel del profesor en esta nueva pedagogía?
—Su papel debe entenderse como un productor cultural, como un artista. Debe saber coger conceptos y remixearlos, entendiendo como remixear el sistema de producción contemporánea. Eso no es copiar. Es relacionar. Y crear tu «playlist» de la clase.
—Usted propone empezar por cambiar la función del profesor, al que se refiere como «coacher».
—Sí, el profesor debería priorizar la agenda de tus alumnos por encima de todas las cosas, especialmente por encima del centro, del sistema educativo, de tu propia agenda. en la educación tradicional el profesor impone todo, los contenidos, las formas, las metodologías, y ahora creo que debería ser muy importante aprovechar los saberes de los alumnos e incorporarlos al revés. Qué le interesa al alumno por encima de qué le interesa al profesor. Nos referimos a las ocho inteligencias de Howard Gardner.
—Eso es una utopía, tanto si tienes cinco alumnos como si tienes diez, pero mucho más si tienes treinta.
—En cualquier caso, lo que sí que hacen los profesores es negar los intereses de los alumnos. No se trata tanto de hacer treinta clases distintas, si no de decir, voy a intentar ver qué es lo que les interesa a los alumnos y de incorporarlo al aula, en general. Si les interesa el fútbol, a lo mejor puedo incorporar este deporte como recurso para explicar las matemáticas. Enseñar videoarte a los adolescentes es muy difícil, pero si les enseñas videoarte a partir de videoclips es muy fácil. Creo que los niños, los adolescentes, tienen intereses, entonces, el profesor creativo es capaz de encontrar ese link.
—¿Por eso señala la creatividad del profesorado como cualidad indispensable?
—Siempre se habla de la creatividad del alumno, pero me parece fundamental la creatividad del profesor, pero por encima de sus competencias y de sus conocimientos, un profesor creativo va a llegar a todo y va a realizar unas unidades didácticas maravillosas. Se va a olvidar del libro de texto y va a crear unas experiencias increíbles.
—Debería cambiar su formación también.
—Sí, claro. El problema que yo veo en la pedagogía es que se lleva a cabo un proceso de reproducción en la formación del profesorado. Te pasas media vida quejándote de tus profesores pero cuando tú te conviertes en uno vuelves a hacer lo mismo. Un docente novel, supertemeroso, se mete en un aula de Secundaria con cuarenta adolescentes y no sabe qué hacer y se hace el duro, sin darse cuenta de que lo que tiene que hacer es lo contrario.
—¿Dónde queda la Ley de Autoridad del profesor, tan necesaria en algunos casos incluso de agresión al maestro por parte del estudiante?
—Pedagogía y poder... En una estructura de control... No sólo hay que parecer democrático sino que hay que serlo. Todos somos democráticos de boquilla. Luego llegamos al aula y somos autoritarios. Si estamos hablando de democracia, no puedes llegar y hacer un monólogo. O no puedes hablar de democracia y subirte a una tarima.
—¿Qué estrategias de cambio propone para acabar con éxito con estas rigideces?
—La primera de ellas es crear en clase una «comunidad», en lugar de la antagonía «profesor y estudiante», que además en este momento en que el estudiante tiene muchos conocimientos pro ejemplo de tecnología, ¿que vas a hacer? En la idea de la comunidad, entra el profesor como coacher, como acompañante, pero es que ni siquiera es un acompañante, los profesores y estudiantes como coachers unos de otros. Si tu tratas al alumno más como un igual, y le das más poder, sus problemas se reducen. Esos problemas aumentan cuanto más autoritario es el sistema. Si tu a un alumno le das responsabilidad, todo mejora. Si le obligas y le das disciplina solamente, al final surge el miedo. Hay que recuperar los afectos en el aula, son muy importantes.
Habitar el aula
—¿Qué es y cuál es la máxima del edupunk, al que usted hace referencia?
–Más que una metodología es un nombre, un paraguas donde se recogen todas las metodologías que no son la metodología tradicional. La máxima es que tu no puedes cambiar los contenidos sin cambiar la arquitectura pedagógica. No puedes abogar por una educación diferente mediante una lección magistral. No puedes dar una clase con un mobiliario industrial si quieres hacer una clase orgánica. Hay que revisar el formato y cambiarlo.
–También habla usted de habitar la clase.
–Claro, la pedagogía es mente, pero también es cuerpo. ¿Cómo se entiende el cuerpo en el acto pedagógico? Sentado (horas), sumiso... No es que haya niños con déficit de atención (TDA), lo que hay es niños aburridos. Es un problema superserio, cómo se está medicando de forma a lo bestia, con anfetaminas, a niños desde los dos años. Menos medicina y más Reduvolution. Es un problema terrible que vemos cada vez más, si se cambiara el sistema te aseguro que habría menos TDA. No hay que medicar a los niños, que simplemente se quieren mover, sino cambiar el sistema.
–¿Lo más próximo que tenemos a este sistema es la metodología por proyectos?
—Sí. Definitivamente sí, pero en España hay muy poca oferta en educación alternativa.
—¿Están justificadas para usted la huelga del profesorado del pasado jueves 24 y la manifestación del sábado?
—Lo que indican ambos actos es que la gente está pidiendo una rEDUvolution. Están pidiendo a gritos que el profesorado esté mejor pagado, bien considerado, bien formado... como en el modelo finlandés, donde la clave está en el profesor.
—Los profesores finlandeses también se lo ha ganado. Al parecer son los mejores de la promoción, y luego pasan evoluciones continuas.
—Es cierto, el profesor finlandés está muy bien formado, es la élite. Pero también está super reconocido socialmente. En cambio aquí la labor del profesor está desprestigiada, precarizada... El problema fundamental es la formación del profesor.
—¿Y cómo se soluciona eso?
—Cambiando el sistema. Nota de corte para pedagogía, igual que en una ingeniería.
Sinopsis de rEDUvolution
Actualmente asistimos día a día a situaciones que hace tan solo unos años nos hubieran parecido inverosímiles y, mientras que todo se transforma, el mundo de la educación permanece igual, anclado en un paradigma más cercano al siglo XIX y a la producción industrial que a las dinámicas propias del siglo XXI. Es necesario que iniciemos la #rEDUvolution o, lo que desde hace algún tiempo se conoce como la revolución educativa.
El términorEDUvolution mediante la mezcla de los términos revolución y educación apunta a la necesidad de ejecutar una transformación real en los espacios educativos a través de cinco ejes clave:
Aceptar que lo que enseñamos no es lo que los estudiantes aprenden. Cambiar las dinámicas de poder. Habitar el aula. Pasar del simulacro a la experiencia.Dejar de evaluar para pasar a investigar.
Escrito con un lenguaje directo y nada académico, en rEDUvolution encontrarás un texto donde el lenguaje visual aporta tanto conocimiento como el lenguaje escrito. Asimismo, se incluyen una serie de propuestas que pretenden provocar el siempre difícil paso de la teoría a la práctica mediante la participación del lector o lectora en el propio libro.
¡Adelante! Es la hora de que empieces tu propia #rEDUvolution.
El cuerpo
Son de sobra conocidos los efectos del cuerpo en nuestra
mente. Después de realizar algo de ejercicio nuestra mente tiende a apaciguarse
y tranquilizarse, como el agua del lago cuando no hay viento. Si hemos dormido
bien, por la mañana albergaremos buen humor y optimismo para abordar la nueva
jornada. Después de ducharnos es como si hubiésemos enjuagado también el
interior de nuestros cráneos, adquiriendo frescura y lucidez. El cuerpo es el
vehículo de que disponemos para trasladarnos por el mundo, para ir de un lugar
a otro, para expresar nuestros deseos y
para transmitir nuestros anhelos. El cuerpo es el vehículo de la comunicación y
del contacto amoroso, su influencia en la mente es innegable. Pero algo menos
conocido es el efecto de la mente sobre este.
El hombre posee unos extraordinarios mecanismos de defensa.
Ante una amenaza este operativo se pone en marcha bombeando sangre a los
músculos y dejando así descuidadas momentáneamente otras funciones con alta
demanda energética como la digestión o el raciocinio. De este modo el hombre
puede escapar, quedarse muy quieto a la expectativa o pelear duro por su vida.
Hoy en día existen pocas amenazas reales que justifiquen tamaña movilización de
recursos pero sin embargo el hombre sigue activando, ahora mas que nunca y de
manera compulsiva y extenuante, todos estos efectivos de emergencia.
Ahora no es un la presencia de un tigre dispuesto a
devorarnos lo que los provoca sino la figura de nuestro jefe. No hay tribus
enemigas dispuestas a aniquilarnos para confiscar nuestra cueva pero si
contrincantes obstinados dispuestos a cualquier cosa por ocupar nuestro puesto
de trabajo u obtener una promoción. Los mecanismos de emergencia del cuerpo
fueron ideados evolutivamente para hacer frente a los retos de supervivencia
del ser humano. Hoy en día la supervivencia está asegurada pero a pesar de ello
son otros los estímulos los que ahora activan esos mismos mecanismos
ancestrales. Es lo que se conoce comúnmente como estrés.
El ser humano necesita un pequeño nivel de activación para
funcionar de manera óptima, al igual que un motor de coche rinde más cuando ha
adquirido algo de temperatura. Sin embargo, un nivel demasiado elevado de
activación consume al individuo, lo despoja de toda su fuerza vital e incluso
puede acabar con su vida si la exposición es intensa y continuada. He aquí la
implicación de la mente en este proceso. De modo que tomarnos las cosas
demasiado a pecho resulta tan pernicioso como minimizar lo que nos ocurre.
Demasiado a menudo intentamos modular la intensidad de nuestras vivencias
maquillándolas para adaptarlas a nuestro humor en ese momento. Pero la realidad
no entiende de sucedáneos ni de trucos de chistera así que lo que realmente hacemos es auto engañarnos, nuestra
mente nos aísla del sufrimiento quitando hierro al asunto o salpimentado lo que
nos ocurre. Llega un momento en que ese afán por no sufrir nos puede llevar a
convertirnos en personas apáticas, ajenas a lo que sentimos y lo que las
diferentes situaciones evocan en nosotros realmente. Hacer de un ratón un elefante
es tan pernicioso como hacer de un elefante un ratón. Con frecuencia perdemos
la justa medida de evaluar lo que nos ocurre y fruto de ello el cuerpo
reacciona, el cuerpo siempre e inexorablemente reacciona a los contenidos
particulares de nuestra mente. Minimizarlo todo puede agudizar nuestra
sensibilidad y por tanto hacernos más vulnerables. Maximizarlo todo puede
mermar nuestra sensibilidad para darnos cuenta de lo que nos hace daño de
verdad. El cuerpo responde acorde a esas estrategias de nuestra mente: nos
consumimos en un si vivir o nos marchitamos en la indiferencia.
La mente
Ateniéndonos a hechos evidentes podemos afirmar que la mente
no es algo que pueda ser percibido por los sentidos. No puede verse, ni olerse,
no emite sonidos ni tampoco se puede tocar pero sin embargo todos intuimos su
presencia. La mente es un fenómeno que nos permite desenvolvernos por la vida
con cierta soltura. Gracias a ella comprendemos el texto que estamos leyendo,
se nos ocurren soluciones creativas a nuestros problemas cotidianos, recordamos
la lista de la compra o aprendemos las
lecciones que nos va dando la vida.
La mente tampoco ocupa un lugar concreto en
el espacio, está aquí y allá, en todas partes y en ningún sitio. Extraño, ¿no te
parece? Pero lo que resulta quizás aún más sorprendente es que, a pesar de su
aparente fugacidad, podemos percibirla con nitidez si nos lo proponemos,
podemos sentirla, percatarnos de su presencia. En realidad nos acompaña a todas
partes y en mucho se parece a nuestra sombra, aún que tal vez sea al revés, es
decir, que nosotros mismos seamos la sombra de ella.
En cualquier caso, si nos
lo proponemos, además de percibirla también podemos observarla, percibir sus
contenidos, sus idas y venidas y sus numerosas elucubraciones, todas ellas
ocupaciones que a la mente le fascinan.
Como un buen perro de caza, la mente se
extravía extasiada por la esencia de una presa o apenas el rastro efímero de
algo apetitoso. Puede divagar durante horas, días, semanas, meses, años o
incluso eternamente. Una mente así es como un caballo desbocado, como aquel que
montaba un jinete al que le los curiosos preguntaron: ¿a donde vas?
Respondiendo este: pregúntale a mi caballo. De manera similar las personas
tendemos a cabalgar sobre los caballos desbocados de nuestras mentes, esperando
que nos lleven a alguna parte, sin saber muy bien donde ni para qué pero
anhelando en nuestros corazones algo diferente a lo que tenemos, albergando la
esperanza de una salvación utópica de la cual en realidad sabemos poco e
ignoramos casi todo.
En esas precarias condiciones es normal que acabemos
perdidos, desesperados, decepcionados, tristes y frustrados por no haber
accedido a nuestro particular nirvana. Entonces hacen su aparición la
pesadumbre, el desamparo, la resignación y el desaliento, hasta que el olfato
de la mente descubra una nueva pista y se interne de nuevo en una nueva
búsqueda tan afanada como estéril.
Este círculo parece repetirse como si de un
vicio se tratase. El alcohólico o el drogadicto recurren reiteradamente a su
droga, esta parece reconfortarles momentáneamente pero en realidad los hunde
cada vez más en su desdicha.
Las emociones poco agradables les invaden entonces
como huéspedes indeseados con la intención de quedarse a vivir indefinidamente,
sabedores de que nunca les será requerido alquiler alguno por las molestias que
desenfrenadamente causan.
Los 44 problemas de la vida
- Maestro, vengo a verte para que que aconsejes, no me siento bien, todo me sale mal, estoy cansado y he perdido el optimismo.
- Lo siento pero no puedo ayudarte con esos problemas - contesta el maestro- todos ellos pertenecen a los cuarenta y cuatro problemas de la vida que todo el mundo tiene.
Pero tal vez pueda ayudarte con el problema cuarenta y cinco.
- ¿Y cual es el problema cuarenta y cinco?
- El problema cuarenta y cinco consiste en hacer un problema de los otros cuarenta y cuatro problemas.
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